26.4.12

Mirándote a los ojos


Hay personas que, con sólo una mirada, lo saben todo de ti. Mirándote a los ojos, entienden cuáles son tus debilidades, cuáles son tus miedos, tus dudas.
Mirándote a los ojos, saben lo que necesitas, lo que te gusta, lo que quieres, lo que deseas.
Mirándote a los ojos saben cómo hacerte sonreír, cómo hacerte volar, cómo hacerte sentir libre.
Mirándote a los ojos te lo dicen todo, no hace falta mediar palabra alguna.
Sabes de lo que te hablo ¿verdad? Porque hay personas en tu vida que, con sólo mirarte a los ojos, te hacen sentir todo eso y más. Esas personas son ls importantes, las que te conocen y te valoran de verdad, las que vale la pena conservar eternamente, porque jamás te fallarán. No importa lo que pase, esa llama no desaparecerá.
Al fin y al cabo... basta con que te miren a los ojos.



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11.4.12

Capítulo cinco

**Mis queridos seguidores, como novedad, he decidido poner este capítulo entero para no haceros esperar tanto. Pero también reconozco que me estoy replanteando el hecho de subir más. Ya me han intentado plagiar la historia dos veces, y la verdad es que temo seguir subiendo y que alguien me la robe. Así que, como tampoco quiero dejaros con la miel en la boca como agradecimiento a lo fieles y buenos que sois conmigo, regresaré a mis antiguas reflexiones, y os dejaré cachitos de la novela de vez en cuando por aquí (en tal caso de que no vaya a subir más). Por otro lado, estoy a punto de acabar segundo de bachillerato y tengo a los estudios cogiéndome por el cuello, de modo que no tendré tiempo de ponerme a escribir. Gracias por vuestra paciencia conmigo, que sepáis que os adoro con locura y vuestros comentarios y opiniones son los que me animan a seguir. OS QUIERO ♥ **

Era tarde. El frío invernal era el causante de que los pasillos estuvieran desiertos. Lo más probable era que ya cada uno estuviera intentando entrar en calor bajo las cálidas sábanas de su cama.
Yo me retrasé por ir a buscar un libro a la biblioteca. No podía conciliar el sueño sin leer un poco antes. Iba por las escaleras centrales cuando escuché unos pasos detrás de mí. Me giré deprisa y me encontré con Jay.
- Vaya, hola.
- Hola -susurré.
Se produjo un incómodo silencio, el cual, no me molesté en romper. Iba a caminar cuando las palabras de Jay me detuvieron.
- Orgullo y prejuicio.
- Sí... -murmuré mientras miraba el libro que acababa de nombrar.
- ¿Vas a leerlo de nuevo?
- Bueno, sí. No me canso de leerlo, es...
- … Es tu favorito, lo sé -sonrió, y dio un paso hacia mí.
- Es un poco antiguo pero sí, no puedo evitar que me encante.
- Y te identifica también.
- ¿Por qué lo dices?
- Por la manera en que me miras siempre.
Sus palabras me bloquearon. Mis pies parecieron volverse de plomo y tuve la sensación de que mi cuerpo se congelaba. No podía mover ningún músculo, ni siquiera era capaz de parpadear.
- ¿La manera en que te miro? -reí.
- Sí, como si estuvieras avergonzada de algo.
- Eso me parece un tanto ridículo Jay.
- Sin embargo, sabes que estoy en lo cierto. Sabes que verme sonreír siempre, como si no hubiera ocurrido nada, te desespera.
- Dime una cosa. ¿Lo haces adrede? ¿No tienes otra cosa que hacer en tu tiempo libre?
- Es que me duele tu actitud indiferente -dijo mirándome directamente a los ojos. - Valery... hay muchas cosas de las que me arrepiento y, en especial, haber acabado con algunas que, ahora, echo de menos.
En aquel momento tenía mucho miedo, pues imaginaba las palabras que iba a pronunciar. Esa vez era yo la que no quería hacerle daño.

Un año antes, aproximadamente.
- Las cosas van de mal en peor Valery, estoy harto de tantas discusiones -me dijo Jay.
- ¿Discusiones? Si confiaras más en mí y no fueras tan celoso, esto no estaría sucediendo. Sabes que Darío es mi mejor amigo, que a quien yo quiero es a ti. ¿De verdad lo dudas? -susurré llorando.
- Hay cosas que me superan Valery.
- Pero sabes que no tendría por qué ser así.
- Valery... no quiero hacerte daño ni quiero que sufras. Mereces algo mejor que esto.
- Jay, por favor, por favor.
- No quiero continuar, no puedo.
- Jay...
- De verdad que lo siento.
Y con los ojos rallados, dio media vuelta y se marchó por el pasillo.
Ahora estaba allí, mirándome inquisitivamente, y no sabía qué decir. Es más, prefería no decir nada y que aquella situación llegara a su fin.
- Debo irme -susurré.
- Aún hay mucho de lo que hablar.
- Eso no es cierto, no hay nada que decir. Además, es tarde, y con la manía que me tiene doña Victoria, no tardará en meterse conmigo.
- Sabes lo que quiero decirte ¿verdad? Por eso quieres irte, porque tienes miedo.
- ¿Quieres que te diga lo que me da miedo? Que pronuncies esas palabras y luego pongas la misma cara que yo hace un año cuando oigas mi respuesta.
De todas maneras, puso esa cara al entender mis palabras. No me gustaba hacer daño a nadie, pero me refugiaba en el pensamiento de que no era a conciencia.
Jay se limitó a acercarse a mí, quedando a pocos metros de mi rostro. Me dolía que me mirara con aquellos ojos, pero mi interior se negaba a sentirse culpable cuando no me correspondía.
- ¿Estás segura de eso?
- Completamente -afirmé.
- No me lo creo -susurró mientras volvía a acercarse.
- Jay, enserio, no quiero hacerte daño.
- No lo harás.
Puso sus manos suavemente sobre mi cintura y clavó sus ojos verdes en los míos de una manera muy intensa. Por un momento, todos aquellos recuerdos vinieran a mi mente: las risas, las bromas, las peleas tontas que acababan en un beso, la primera vez...
Cerré los ojos mientras notaba su aliento cada vez más cerca. Empecé a sentirme confundida pensando en lo bien que estaría recuperar todo aquello, lo reconfortante que sería si lo contrastaba con los malos momentos que doña Victoria me hacía pasar. Pero no podía. No era capaz de regalarle esperanzas a alguien si no había amor.
- No te acerques más Jay, no quiero que lo pases mal -dije apartándome.
- Valery...
- Lo siento.
Tras susurrar esas últimas palabras, Jay se alejó de mí, y yo aproveché para marcharme hacia mi habitación.
Delia ya estaba durmiendo, y yo me senté en el descansillo de la ventana para aprovechar la luz de la luna. Sin embargo, no podía concentrarme. Leí repetidas veces la primera frase, pero ni siquiera mi libro favorito me ayudaba a olvidar.
La mirada perdida de Jay se reflejaba una y otra vez en mi cabeza, mientras me preguntaba a mí misma si había hecho lo correcto. Pero estaba segura de que sí. No podía ser egoísta y pensar en aquello que me apetecía. Además, iba en contra de mis ideales, pues no era capaz de aceptar la entrega de un amor sincero que no era correspondido por mi parte.
Aburrida de que mis comederas de coco me abrumaran, cerré el libro y me metí en la cama. Sin motivo alguno, una tímida lágrima recorrió mi mejilla, por lo que cerré los ojos con fuerza y abracé la almohada en un intento por no llorar. Fue en vano. Me sentía oprimida por una inmensa soledad que no podía obviar. Y aquel vacío no podía llenarlo nadie. Estaba completamente sola.

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